Seguimos dando razones para leer la ría de los afrancesados: Séptima, la persecución a los gitanos en el siglo XVIII

Los gitanos han sido una etnia perseguida a través de los siglos, pero el siglo XVIII fue especialmente cruel en España, ya que se llegó a planificar su extinción como raza. Efectivamente, en dicho siglo se aplicaron una importante serie de Pragmáticas, Reales Ordenes y levas encaminadas esencialmente a lograr su desaparición como grupo errante.
Ya el 18 de agosto de 1705 publicaba el Concejo de Madrid una Cédula haciendo, ver cómo los caminos y aldeas estaban tan infectados de gitanos que no había paz ni seguridad para labradores ni viajeros. Ante esta situación, se dio poder a los ministros de la Justicia para hacer fuego sobre ellos —como auténticos enemigos públicos— en caso de resistencia o de negativa a entregar las armas que llevaran consigo, dichas circunstancias se reiterarían en Real Provisión de 1708, al señalarse cómo los gitanos, saliendo de las vecindades asignadas por la Real Pragmática de 1695, “andan en cuadrillas numerosas”.
Fue sonada La Real Cédula de S.M. el Rey Felipe V de 30 de octubre de 1745, pero la más famosa fue la Real Orden, dirigida por el marqués de la Ensenada en 1749, la que dio lugar a la gran redada.
Según cifras aportadas por Campomanes unas 9.000 personas de esta etnia sufrieron deportación y presidio, tras la gran redada, operación orquestada por el marqués de la Ensenada y preparada con todo sigilo en la Secretaría de Guerra y en las capitanías Generales durante los meses de verano del año 1749 y culminada el 30 de julio en las ciudades principales, incluidas aquéllas en las que vivían gitanos legalmente avecindados. Se señalaron el número de familias que debían ser prendidas y se enviaron cartas con órdenes a todos los rincones de España para que el apresamiento fuese llevado a efecto.
Ante la avalancha de detenidos el cónsul francés de Cádiz llegó a comunicar a Versalles que el gobierno español estaba desbordado y no sabía qué hacer con tanto gitano apresado. La intención del marqués de la Ensenada era “evitar su procreación y la generación de tan malvada raza”. De ahí, pues, que se haya hablado de auténtico intento de genocidio por parte del marqués de la Ensenada, ya que fueron presos y enviados a los arsenales, en unos momentos en que muchos estaban ya avecindados, habían contraído matrimonio legítimo, educado a sus hijos en la honradez y las buenas costumbres,  se mantenían de su trabajo en las faenas del campo y oficios mecánicos, no habían adquirido «criminalmente» sus bienes y contribuían  en los correspondientes Reales pechos y derechos.
 Hasta su destierro el 20 de julio de 1754 –precisamente a Granada, una de las ciudades con mayor número de gitanos–, el marqués siguió pensando en la manera de acabar con ellos. En la instrucción de 28 de octubre éste reiteró expresamente la condena a muerte y concretaba: “al que huyere, sin más justificación, se le ahorque irremisiblemente”. 
A finales de 1750 en la ciudad de Zaragoza fue necesario albergar en la Real Casa de Misericordia a 600 mujeres gitanas con sus hijos pequeños, procedentes de Málaga donde, a pesar de haber habilitado la Alcazaba fue imposible alojar a un grupo tan numeroso y tuvieron que ser enviadas a otros lugares, especialmente a Zaragoza y ello, pese a las protestas del intendente y de la junta directiva de la Casa que cedieron a regañadientes tras recibir dinero para construir una galería para su alojamiento.
La Junta no tardó en arrepentirse de haber aceptado a las mujeres gitanas que se fugaban constantemente y eran devueltas a la casa por el Padre de Huérfanos. Éstas mantenían, además “tratos ilícitos” a través de agujeros que practicaban en las tapias, protestaban y organizaban alborotos, destruyeron la ropa que les dieron, rompieron la vajilla y el mobiliario y como iban semidesnudas, “las más de ellas en cueros”, no podían llevarlas a la capilla a oír misa, ni el vicario les podía explicar el catecismo.
Se burlaban de los regidores y los porteros, incluso del alcaide. La situación aún empeoró más si cabe cuando la mayoría de ellas contrajo sífilis. Tanto hombres como mujeres fueron liberados bajo el mando de Carlos III cuando se decretó el indulto general en 1763.
Durante la ocupación de Ramon Pignatelli, primo político del conde Aranda, del cargo de regidor (1764-1788) de la Sitiada, junta encargada del gobierno y administración de la Real Casa de la Misericordia de Zaragoza y a cuenta de la Real Pragmática de Carlos III hubo que volver a apresar mujeres gitanas en esta institución, ya que los hombres se alojaban en la Aljaferia. 
Carlos III dulcificó algo el tratamiento a esta raza y ordenó a Campomanes, que realizara un estudio, tras el cual éste propuso que los gitanos fuesen enviados a las colonias en Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, etc. Sus propuestas no tuvieron éxito. Aranda tampoco se mostraba favorable a los gitanos. No obstante, Carlos III, en la Pragmática de 1783, les dio libertad para elegir sus oficios y trabajos, desapareciendo así la obligación que antes tenían de dedicarse únicamente a la labranza; desapareció también la limitación de residir en lugares y villas determinados; se les reconoció la igualdad de derecho con el resto de habitantes. Como contrapunto se siguió persiguiendo la cultura gitana, con el único objetivo de que se incorporaran a la sociedad. Concretamente se les ordenó que:
-no usen de la lengua, traje y método de vida vagante
-se apliquen a oficio, ejercicio u ocupación honesta, sin distinción de la labranza o artes.
-no ha de bastar emplearse sólo en la ocupación de esquiladores, ni en el tráfico de mercados y ferias ni menos en la de posaderos y venteros en sitios despoblados, aunque dentro de los pueblos podrán ser mesoneros y bastar este destino, siempre que no hubiese indicios fundados de ser delincuentes o receptadores de ellos.
-a los que no hubieren dejado el traje, lengua o modales, y a los que, aparentando vestir y hablar como los demás vasallos, y aun elegir domicilio, continuaren saliendo a vagar por caminos y despoblados, aunque sea con el pretexto de pasar a mercados y ferias, se les perseguirá y prenderá por las justicias, formando proceso y lista de ellos con sus nombres y apellidos, edad y lugares donde dijeren haber nacido y residido. Los hijos de familia, serán apartados de la de sus padres que fueren vagos y sin oficio y se les destinará a aprender alguno o se les colocará en hospicios.

Según el censo, la población gitana en aquella época llegó a ser de diez mil personas en toda España, igual a la población de Bilbao.


Ver trabajo de investigación realizado por Jose Luis Gomez Urdañez de la Universidad de la Rioja en este blog

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