500 años en la azarosa historia bilbaína del puente de la Ribera, antes de San Francisco.


La actual pasarela peatonal de la Ribera, situada entre el puente de San Antón y el de la Merced tiene una azarosa historia que se remonta a 1509.
Nos cuenta J.E. Delmas que, “el convento de San Francisco, situado en la que hoy en Plaza Corazón de María, construido en el siglo XV, gracias a una bula expedida en Roma por el Papa Sixto IV el 14 de julio de 1475 y que se llamó Imperial Convento de San Francisco  gracias a la cédula que concedió Carlos V y la ejecutoria obtenida por los frailes en 1509 de la Real Chancillería de Valladolid para poder edificar a su costa un puente que facilitase el paso de la ría que media entre el convento y la villa en su derechura, con la condición de que se hiciese de un solo arco, con dos pilares que uno se asiente a la parte del convento sobre sus peñas que están a la par del río, entre éste y el camino y otro en la otra parte del cay que está entre la puerta yusera de la villa que sale al arrabal del Arenal y entre la puerta de Santa Maria, de manera que sea todo de un  arco, que tome todo el río, o que sea tal y tan alto que puedan pasar por debaxo todos los navíos, pequeños o grandes que según el agua e hondura suele e acostumbran pasar, bien las personas que quisiesen con bestias cargadas o vacías, o sin ella, a pié o a caballo, y que sea de manera que por ella no pueda repompar, retener ni repressar el agua más de lo que ahora repressa y repompa, ni entrar más de lo que entra en dicha villa con grandes o pequeñas avenidas del dicho río, ni por ello se hayan de dañar ni dañen los caminos de la parte de dicho monasterio ni de la otra parte de la villa, ni se ha de tomar ni derribar muro de ella.”
Los técnicos hicieron un proyecto y al ver las dimensiones que debía cobrar el ojo del puente se vieron obligados a consultar a otros maestros que examinaron los “mapas” en todos sus detalles y convinieron en la imposibilidad de hacer un puente de un solo ojo y en que no había más remedio que fabricar un puente con dos arcos y cepa en medio del río, o con un segundo arquillo, según la opinión experta de Juan de San Pedro, un maestro cantero reputado. El proyecto modificado fue aprobado el 28 de febrero de 1511.
A la ejecución del proyecto se puso en contra la clerecía bilbaína, el Ayuntamiento y los comerciantes por el entorpecimiento que en el curso del río causaría la cepa en medio, con el consiguiente peligro de crecidas de las aguas que ello supondría al subir la marea. La comunidad francisana no se atrevió a emprender las obras, a pesar de dipsoner de dos ejecutorias y las guardó durante sesenta años sin hacer uso de ellas para no enemistarse con los bilbaínos que vivían a la otra orilla, temerosos de las grandes avenidas e inundaciones que cada cuanto asolaban la villa.
Transcurrido este tiempo, una nueva generación de franciscanos más moderna y ansiosa de captar las limosnas que dejaban de percibir de los bilbaínos que no acudían al convento franciscano por no dar toda la vuelta que había que dar para llegar hasta él, decidieron emprender las obras que sus antecesores habían dejado de lado y en 1575 cuando ya estaba construido el puente una riada obligó a de moler el puente recién construido. Tuvieron que pasar 150 años más, es decir, el año 1732 para que se olvidase el asunto y nuevas generaciones de frailes renovasen sus pretensiones sobre el paso para el que tenían permiso desde hacía ya más de 200 años. El prestigio que los franciscanos tenían sobre los habitantes de Bilbao y sus riquezas permitieron acometer la fábrica de un segundo puente, que fue terminado en 1735, después de haber pagado el enorme caudal de 35.000 ducados. El puente descansó majestuoso sobre los estribos de una y otra orilla y sobre la robusta cepa cimentada en medio de la corriente del Ibaizabal, pero la dicha duró porco porque dos años después, concretamente el 1 de noviembre de 1737 el día amaneció oscuro y tempestuoso y la ría se salió de nuevo con tanta fuerza y violencia que el puente se vino abajo con un enorme estruendo que dejó consternados a los frailes y a los habitantes de la villa. Un nuevo intento de proyecto en 1741 se vino al traste con el informe elaborado por el ingeniero Jaime Sicre que advirtió del perjuicio que supondría para la villa el poner nuevos obstáculos a la corriente y que concluía diciendo: “Mi dictamen es que no se vuelta a reedificar nunca el mencionado puente de San Francsico”.
Hubo que esperar de nuevo a finales del siglo XVIII para que Alejo de Miranda, arquitecto académico de San Fernando y director de ciertas obras de acceso a la villa realizase un estudio en detalle y nuevos planos, mediciones y “mapas” para que los frailes viesen su sueño cumplido y pudiesen construir de nuevo un puente que se alzó por tercera vez en los albores del siglo XIX y que se hizo de madera de un solo ojo y al que se consideró de un atrevimiento extraordinario. Dijo Zamácola en 1808: “Tuvo Bilbao un magnífico puente sobre el río, construido en cierto enlace de maderas semejantes a otro más pequeño que ha de haber de la misma especie en Suecia y tenía el puente más de 118 pies de largo (33 metros), de un solo arco y de altura extremada que permitía pasar por debajo un barco de comercio.”
El nuevo puente hizo decaer la importancia del de San Antón y se convirtió en un nexo de unión entre la villa y la anteiglesia de Abando y además, cobró mayor importancia cuando se proyectó que los franciscanos construyeran en su huerto el que fuera el primer cementerio al aire libre de la villa, convirtiéndose así en convento jurisdiccional de Bilbao, lo que no llegó a hacerse puesto que llegaron los franceses y los frailes tuvieron que huir y al regresar se encontraron con que habían prendido fuego al puente. Para sustituirlo, colocaron en 1818 un cuarto puente, pero esta vez construido con barcas frente a la calle Santa María, que si bien no era lo que los frailes querían al menos era un apaño para poner en contacto al convento con los habitantes de la otra orilla. Entre 1820 y 1823 con la desamortización los franciscanos tuvieron que irse y sus bienes fueron incautados, pero cuando volvieron a hacerse dueños del convento, erigieron el campo santo y recuperaron sus bienes, el municipio les prometió construir un sexto puente, con cargo al erario municipal, un puente flotante, colgado de cadenas, a imagen y semejanza de los que se estaban construyendo en Francia y Alemania, en sustitución del quinto puente que vuelto a construirse con barcas, como el de 1818. Este quinto puente permaneció allí hasta 1826 hasta que se lo llevó otra riada. Para ese año ya estaba aprobado el sexto puente de cadenas, fabricado por el ingeniero Goicoechea y que aguantó hasta 1852, fecha en que fue derribado, cuatro años antes que el derribo del convento de San Francisco que llevaba ya abandonado veinte años desde que las tropas carlistas hubiesen ocupado el convento y obligaran a los frailes a huir para no volver jamás. El sexto puente fue sustituido por un séptimo, construido esta vez por cables de alambre y que de nuevo quedó inutilizado con la tercera guerra carlista en 1873, a consecuencia de dos bombas que cayeron sobre él. El octavo puente se colocó en 1881, bajo la dirección del ingeniero Pablo de Alzola y fue elaborado en la fábrica francesa de Creusot. Fue dinamitado en 1937 justo antes de la inminente entrada de las tropas franquistas el 19 de junio de aquel año. El noveno puente, que es también el actual (ver foto 2), se ordenó reconstruir en la sesión municipal extraordinaria el día 24 de junio de 1937. Se encargó de ello a la Comisión de Fomento y se creó la Oficina Técnica de Puentes, sección de puentes fijos. Durante el franquismo el puente de San Francisco pasó a llamarse puente del coronel Ortiz de Zárate y hoy en día, llamado pasarela peatonal de la Ribera, une las dos orillas y contempla la subida y bajada de las aguas con un silencio parsimonioso, casi olvidado por su escasa importancia arquitectónica, reposa ignorante de los quinientos años de historia que hicieron posible su existencia. (Bibliografía utilizada: IZARZELAIA IZAGUIRRE, A. Los barrios altos de Bilbao. Documentos sobre la historia de Bilbao la Vieja, San Francisco y las Cortes. Bilbao. 2001.

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