El cerebro de Himler se llama Heindrich (primer párrafo de HHhH)



El reciente galardonado Binet al premio Goncourt por su primera novela HHhH ha sido reconocido unánimemente como uno de los más impresionantes debuts de los últimos años: La revista Lire y RTL han concedido a Binet sus premios al autor-revelación.
HHhH esconde la frase en alemán, que traducida quiere decir “el cerebro de Himler se llama Heindrich”, una frase que se decía en las SS sobre el macabro personaje apodado también “el carnicero de Praga”, o “La bestia rubia!, el hombre más peligroso del Tercer Reich y una de las figuras más enigmáticas del nazismo.
El argumento de la novela recae en dos miembros de la Resistencia que en 1942 aterrizan en Praga para atentar contra Heindrich. Después del atentado se refugian en una iglesia y al ser delatados por un traidor y acorralados por setecientos hombres de las SS, se suicidan.
Una terrible historia, como todas las historias reales de guerra a la que Laurent Binet aporta su propio modo de hacer. La novela está escrita en un estilo que más parece la redacción de una investigación. Últimamente han empezado a publicarse ensayos históricos, a los que el editor añade la coletilla “que bien puede leerse, como si fuera una novela”. Estamos, por tanto, ante una nueva tendencia de escribir novela histórica, sin embargo, Binet da un paso más y convierte su texto en novela pura, a pesar de mantenerse en todo momento como espectador cuando narra, como si fuese un personaje más de la novela, la forma en que ocurrieron los hechos. En alguna página Binet, cuando elucubra sobre cómo debió de transcurrir una de las escenas, llega a pedir disculpas por haber puesto en las manos del personaje una taza de café, cuando igual lo que le gustaba era el té.
Esta humildad narrativa, manteniendo en todo momento la distancia con la Historia  y con los hechos reales, para dejarlos  tal y como fueron contados en su momento, o bien, planteando la duda al lector de que bien hubieran podido ser así o de otra manera, nos produce un doble efecto, por un lado, evita la contaminación del personaje y de los hechos con subjetividades o inexactitudes proporcionadas por el escritor y, por otro, el mantenimiento de esa distancia nos aporta una sensación de rigurosidad ensayística que hace que la novela parezca más fiable, con un matiz, Laurent Binet, sin alejarse ni un ápice de esta época presente, se traslada en un momento concreto a 1942 y a la curva donde ocurrió el atentado y nos deja atónitos y sin aliento con la reconstrucción de los hechos. Binet se convierte así en un narrador casi  omnisciente, que cree saber cómo ocurrió todo exactamente, pero que se lamenta de no poder sentir cuánto miedo pasaron los hombres que atentaron contra el nazi. Desea, incluso, en alguna línea del texto, haber podido meterse en su pellejo para sentir la misma emoción, la misma excitación, el mismo pánico cuando al ir a disparar, a uno de ellos se le encasquilla la sten, lo que otorga al relato una profunda emotividad.
Lógicamente, esta técnica de escribir novela puede utilizarse con la Historia contemporánea reciente, aquella sobre la que es posible investigar con datos objetivos y sobre la que se dispone de mucha información bibliográfica. Binet, al final de su primer párrafo, llega a plantearse lo vulgar que le parece un personaje inventado, algo en lo que yo no estoy completamente de acuerdo. No olvidemos el mérito que hay en el esfuerzo creador de un escritor que intenta convertirse en un guerrero de Troya, en un emperador romano o en una reina de tiempos pasados y, además, nos convence.
Si todos los caminos llevan a Roma, todas las técnicas para escribir novela histórica son válidas, siempre que respeten al personaje histórico en cuestión, recreen el ambiente de una forma fidedigna, no distorsionen los hechos y consigan que nosotros, los lectores, seamos capaces de zambullirnos en la época, en la sicología de los personajes, en el aprendizaje de la Historia mediante el entretenimiento y nos permitan tener la conciencia de que lo que estamos leyendo es verosímil y creíble.
Bueno el pasaje histórico que nos cuenta Binet  y muy buena la forma de contarlo.
El primer párrafo comienza así:

"Gabcik, como se llama, es un personaje que ha existido de verdad. ¿Acaso ha oído de fuera, tras los postigos de un piso a oscuras, donde está solo y tumbado encima de un estrecho jergón, acaso ha escuchado el chirrido tan familiar de los tranvías de Praga? Quiero creer que sí. Como conozco bien Praga, no me es difícil imaginar el número del tranvía (aunque tal vez haya cambiado), ni su itinerario, ni siquiera el lugar desde el que, tras los postigos cerrados, Gabcik, en la cama, espera y escucha. Estamos en Praga, en la esquina de Vysehradska con Troojicka. El tranvía número 18 (o 22) se ha detenido delante del Jardín Botánico. Estamos concretamente en 1942. En El libro de la risa y el olvido, Kundera deja entender que le da un poco de vergüenza tener que ponerle nombre a sus personajes, y aunque esa vergüenza apenas sea perceptible en sus novelas, en las que abundan los Tomas, las Tamina y muchas Tereza, es obvia la intuición de una evidencia: ¿Hay algo más vulgar que atribuir de modo arbitrario, con la pueril intención de lograr un efecto de realidad o, en el mejor de los casos, sencillamente de comodidad, un nombre inventado a un personaje inventado? Aunque, en mi opinión Kundera debería haber ido más lejos: ¿hay algo más vulgar, en realidad, que un personaje inventado?"

Laurent Binet nació en París en 1972. Hizo el servicio militar en Eslovaquia y ha vivido en Praga. Es profesor de la universidad de París y la novela ha sido editada por Seix Barral.

No hay comentarios: