El caserío y el culto a los antepasados

El caserío y el culto a los antepasados
Nadie como José Miguel de Barandiarán ha profundizado tanto en el mundo de la mitología, de las creencias y de las costumbres del pueblo vasco. En
su abundante obra, una idea aparece de forma constante: la casa y sus habitantes.
Esto es así porque -en su opinión- el significado la casa dista mucho de ser sólo edificio físico que puede contemplarse; se trata, en realidad, del soporte real en torno al que gira todo el mundo conceptual: "El mundo conceptual del vasco histórico gira pues, alrededor de ETXE, que a su vez persigue un ideal: hacer que cada uno de sus habitantes vivan sin dolor y sin pena en armonía con los suyos, en comunión con sus antepasados en esta vida y en la otra."
La definición de la casa llega mucho más allá. "ETXE" es templo y sepultura.
Sigue Barandiarán su descripción: "Es desde luego lugar sagrado protegido por el fuego del hogar que tiene virtudes sobrenaturales; por el laurel de su huerta
o por el que se conserva en casa. Por diversas ramas de espino albar, de fresno y de las flores solsticiales; por la flor del cardo silvestre, símbolo del Sol; por el hacha y la hoz dotadas de poderes místicos; por ser morada de espíritus de antepasados o lugar visitado por éstos; por la perennal ofrenda de luz que allí se enciende a las almas, procurando conservar el fuego del hogar conforme a una ritual prescripción o norma de alumbrar a los muertos siquiera sea con una pajuela; por la práctica de depositar sobre las repisas exteriores de las ventanas, piadosas ofrendas de comestibles destinadas a los difuntos de la casa; por las costumbre antigua de orientar las casas de suerte que su entrada principal mire al Sol naciente, y, finalmente, porque la casa es antiguo cementerio familiar.
El carácter sagrado de la casa aparece confirmado por el YARLEKU o lugar sagrado que en la iglesia parroquial posee cada casa y que es considerado como prolongación de ésta y como parcela integrante e inseparable de la misma.
En él se practican diversas funciones, como la recitación y cantos de responsos litúrgicos, la ofrenda de luces de cera, de comestibles de dinero en sufragio de los difuntos de la casa. En él, al igual que en el hogar, son invocadas las almas para que asistan a cristiana y viceversa, y los actos culturales que se efectúan hoy en aquel lugar, son un reflejo de los que se practicaban en la propia casa antes de la introducción del Cristianismo en el país.
Añádase a esto la costumbre, vigente aún en algunas localidades, de que, al casarse el heredero de una casa, el cónyuge adventicio se incorpore al hogar de su marido e ingrese en la comunión de los antepasados de éste, ofrendando luces y panes en el YARLEKU, de su nueva casa. Esto se hacía, al parecer, en la propia casa antiguamente, según se desprende de la costumbre conocida en Soule de que el criado que entre a servir en una casa dé vueltas alrededor del hogar de la misma para que se aclimate en su nueva morada". (BARANDIARÁN, JOSE M. "Mitología vasca" Ed. Txertoa 1983. Págs. 56-60)
A lo largo de la historia los vascos han estado estrechamente conectados a la casa (etxea) que significa mucho más que una simple vivienda y, en el caso de los caseríos rurales (baserria), una serie de posesiones. Se trata del espacio donde la familia lleva a cabo buena parte de las actividades diarias y en el que sus componentes están unidos a sus antepasados. De suerte que hay toda una serie de creencias y ritos sobre la relación con los difuntos cercanos.
Obviamente esta concepción ha cambiado radicalmente en los tiempos actuales. La casa era un espacio sagrado que se debía conservar, proteger y transmitir. En tal dirección jugaba un papel esencial el fuego del hogar. En algunas localidades el camino entre las casas y la iglesia también tenía un carácter sagrado por ser el itinerario seguido en los funerales.