La guerra de la Convención

Guerra de la Convención

Guerra de la Convención.
Los franceses habían invadido Guipúzcoa. El Señorío movilizó sus milicias por orden de la Diputación. Bilbao cumplió el decreto del Señorío guarneciendo los cuatro castillos costeros de Portugalete, Santurce y Guecho y las baterías en El Solar (Portugalete) y punta Galea. El Consulado puso sus recursos a disposición del Concejo, armando dos goletas. El 20 de agosto de 1794, las milicias bilbainas se dirigen a la frontera con Guipúzcoa para defenderla de los convencionales. El 22 de agosto, las milicias de Abando, Begoña y Deusto salen a defender el mismo objetivo. Después de un año de resistencia se veían obligados los vizcainos a replegarse a la línea Ondárroa, Ermua y sus puertos. El general Crespo, que mandaba las fuerzas reales en la línea Vergara-Mondragón, se retiró dejando al Señorío a sus solas fuerzas. Una real orden autorizaba al Señorío a capitular en el peor de los casos. El 12 de julio de 1795 el general Dessein intimida a Vizcaya a la rendición. En la mañana del 17 de julio entraban los convencionales al mando del general Willot y en la noche del 17 entraba por la puerta vieja de San Antón Moncey, general en jefe del ejército francés. Después de concertada la capitulación (22 de julio) por la que Bilbao se comprometía a una neutralidad absoluta, se retiraban los franceses dejando un Comisario de guerra para concertar cuentas de bienes incautados y suministros efectuados.
La Guerra de la Convención (1793-1795). La ascensión de Godoy al poder tiene lugar cuando la guerra contra los regicidas franceses se constituye en un deber ineludible de la monarquía española. La increíble incuria de las autoridades militares responsables de la seguridad de la zona fronteriza y tal vez, la actitud poco belicosa de gran parte del País Vasco surpirenaico, permite a las tropas revolucionarias francesas adueñarse de la situación y llevar su ofensiva hasta el Ebro. La firma de la Paz de Basilea el 22 de julio de 1795 va a marcar un hito claramente diferenciado en nuestra historia, con su obligada secuela de recriminaciones y ajustes de cuentas entre quienes fueron partidarios de la neutralidad con los franceses y quienes se sintieron obligados a resistirles. La cuestión adoptará especial virulencia en Bilbao y zona circundante, donde veremos constituirse, incluso, dos bandos, vildósolas y castaños, enfrentados en torno al Manifiesto histórico de los servicios de Bilbao durante la Guerra de la Convención. Es en estas circunstancias cuando debió de gestarse la intención de Godoy de acabar con una situación jurídica -la de la foralidad vasca- que venía preocupando a todos sus antecesores. Cánovas del Castillo, el célebre estadista, describió este momento en un conocido prólogo aLos Vascongados... de Rodríguez Ferrer, prólogo en el que reproduce una serie de cartas, inéditas hasta entonces, intercambiadas por Godoy con el auditor general del Ejército del Norte, Francisco Zamora. Reproducimos por su perenne interés la documentación aportada por Cánovas y su propia inteligente glosa:
"Los primeros arranques de su cólera descargaron naturalmente sobre los generales y el ejército. Para muestra voy á copiar aquí al pié de la letra una de las más curiosas de sus cartas, escrita el 6 de Julio de 1795, es decir, al saber la retirada de Crespo, y que, cortado en dos nuestro ejército, se reducía el grueso de él á cubrir á Pamplona. "Nadie puede engañarse menos que yo (decía) en los cálculos que hago [Enmiendo aquí la ortografía del valido que la tenía bastante mala, aunque no tanto como el general en jefe Castelfranco que escribía Gerrapor Guerra, ni peor que muchos de los hombres, que militar y civilmente han figurado y figuran más en nuestros días.] sobre la infelicidad de este reino; y sé que su existencia pende de la paz. No hay otro medio, amigo Zamora, así lo conozco; y en este supuesto me veo comprometido á firmar unos límites más estrechos que los que hasta aquí ha tenido señalados el rey mi amo. Sólo un ejército infiel; sola una turba de oficiales ignorantes, y una sola opinión infame sobre la cual se apoya el honor de esos caballeros, pudieran haber sido móviles capaces á destruir los planes que tenía formados un ministro que se desvive por ponerlos á cubierto de sus maldades. A ese ejército deberá la España el sacrificio de una parte de sus fuerzas, la pérdida de las provincias y la degradación de la soberanía; pero el rey hará justicia y jamás negará el premio." Siguen algunos puntos indiferentes y termina con esta posdata enérgica: Todo partido es preferente á la inacción; toda consulta confunde y no instruye; todo ataque trae sus ventajas; bien sean originadas por él mismo, ó bien por resultas del valor que se supone en el que busca al enemigo. Obre Sangro, y estará más seguro." No hizo Sangro, caso de sus estímulos, y hubo que aceptar al fin la paz, no sin gran júbilo por cierto de la nación vecina, y del mismo gobierno republicano, según demuestran los periódicos franceses de la época, que he habido á las manos [Véase entre otros el Journal du Bonhomme Richard núm. 20. Artículo principal intitulado "Sur le traitè de paix proposé á la Convention, entre la France et l'Espagne"]. Realmente la paz aquella estuvo lejos de ser desventajosa, dadas las circunstancias. Pero es el caso que Zamora, en lugar de dar como solía en todo la razón á Godoy, tomó por su parte ahora un punto de vista muy distinto, echando principalmente la culpa del mal éxito de la guerra á las provincias vascongadas. Copiaré aquí lo más notable de los documentos y cartas en que Zamora apoyó su opinión sobre lo pasado, y expuso los graves proyectos futuros que le sugería. A 11 de Setiembre del referido año de 1795, escribió Zamora á Godoy diciéndole: Aviso á V. E. para los fines que convenga: que el general Moncey, aprovechando la venida aquí de un oficial paisano de Vd., y muy confidente, nos ha avisado, que tenía grandes y seguras inteligencias en la plaza de Pamplona, diciéndonos que, no siendo decente nombrar los sugetos me hacía la siguiente graduación de sus apasionados para nuestro gobierno. 1.° Los navarros, y entre estos los vecinos de Pamplona. 2.° En esta ciudad, los eclesiásticos, los frailes, unos veinte nobles, los comerciantes y los curiales. 3.° Los vizcaínos, y entre ellos los mayorazgos y los individuos y aspirantes al gobierno del señorío. 4.° Los alaveses y de ellos los abogados, los clérigos y unos trece nobles. 5.° Los guipuzcoanos, y principalmente los nobles, clérigos y curiales. Encarga se observe estas clases por el órden que las nombra, y el oficial traía escritas en un papelote de donde he copiado yo esto." Hasta aquí lo que de esta importante carta hace al propósito. Sabíase ya, y varios historiadores habían indicado, que los republicano-franceses hallaron inteligencias y connivencias en las provincias vascongadas; y aún se ha condenado por algunos la delación de Moncey, encaminada á prestar auxilio al absoluto poder monárquico de España y á perder á los Generales vascongados, que simpatizaban más con la república extranjera, que con la monarquía propia. Pero ni el texto, ni la sustancia de la delación de Moncey eran de nadie conocidos, hasta que la carta original de Zamora ha llegado á mis manos. Años ha, en verdad, que yo mismo oí decir á personas de edad avanzada, y de importancia muy grande en el moderno partido liberal de las provincias vascas, que el espíritu que á fines del pasado siglo reinaba en sus clases ilustradas, era muy distinto del que luego se viera en la anterior guerra civil; dándome para comprobarlo la curiosa noticia de que la famosa Enciclopedia de Diderot y d'Alambert, cuyo precio no estaba al alcance de muchos, tuvo allí más compradores que en ninguna otra parte de España. La vecindad de la nueva república, que hacia fácil la introducción de libros y papeles, y frecuente el trato de los naturales de la frontera con muchos demagogos franceses, difundió aquellas seductoras ideas entre la gente ilustrada, pero inexperta, inspirándola viva simpatía por las instituciones republicanas, á las cuales estaban ya más preparadas aquellas provincias que otras, por la manera especial con que se gobernaban. Mas esto, repito, debía solamente acontecer entre la gente ilustrada; y, nótese bien, que no es sino á ella á quien concretamente acusa Moncey, es á saber, á los vecinos de Pamplona, capital de virreinato y de Audiencia; á los comerciantes, abogados y curiales; á los aspirantes al gobierno del señorío en general, ó sean los políticos; á los clérigos y frailes, y algunos nobles. De labradores, colonos, industriales y vecinos de los caseríos, ó de las anteiglesias y aldeas, ni una sola palabra dice Moncey. Todos éstos, y no pocos de los nobles, encastillados como siempre en su lengua, y sin comunicación con el espíritu de la Enciclopedia, que tales estragos producía por todas partes, entre los que sabían y gustaban de leer libros y periódicos, permanecieron según estaban pacíficos, y hasta apáticos y egoístas, curándose mucho de lo suyo, y de lo ajeno nada ó poquísimo. Por lo demás, fuera vana empresa el negar fe á la delación de Moncey. Además de las cartas originales de Zamora, tengo á la vista copia de una dirigida el 17 thermidor (4 de Agosto de 1795, año 3.° de la República) á Moncey, por el ayudante general Lamarque, en que este último dice:La diputación de Alava está siempre con la mejor voluntad: os diré, en secreto, que al parecer temen más que desean la paz. Temen que, olvidados enteramente en el tratado de paz, no sean sacrificados á España, que tal vez los deshojará de todos sus privilegios. Ellos merecen una suerte mejor, y estad convencido de que, si lo mandaseis, todos correrían á las armas. Los rehenes de Vizcaya se han explicado confidencialmente con el mismo lenguaje."Vése aquí que, no teniendo entonces la conciencia tranquila, temían ya algunos de los vascongados mismos, que terminada la guerra, desapareciesen sus privilegios. Júzguesele como quiera, ello es que ningún interés tenía en mentir él; y todo cuanto queda expuesto inclina á creer de otra parte, que no dijo más que la verdad pura. No habiendo dado el apellido de guerra, las clases que allí suelen y pueden darlo, porque de corazón estaban más con los invasores republicanos, que con los españoles monárquicos, las provincias vascongadas hicieron la guerra no más que por cumplir, en 1795, ó lo que es lo mismo, sin fe, unanimidad, ni constancia; y aprovechándose de ello Moncey, paseó impunemente sus columnas por el país. Harto se conoció ya en 1813, que aquellas mismas clases que mantuvieran inteligencias con Moncey veinte años atrás, habían cambiado de opinión, considerando bajo muy diferente aspecto las nuevas ideas francesas, que defendían y propagaban los ejércitos napoleónicos. Llamaron ellas entonces de verdad á las armas á aquellos pueblos robustos y esforzados; los cuales, una vez tomado sobre sí el empeño, hicieron lo que saben hacer, y harán siempre en ocasiones tales. He aquí, pues, explicada la diversidad de conducta en casos que á primera vista parecen idénticos. Pero Zamora no se contentó con trasmitir á Godoy la delacion de Moncey, sin duda alguna dictada por su amistad leal á la monarquía española. Al felicitar á Godoy en 10 de Agosto, por la terminación del tratado de Basilea, le escribió lo que sigue: "Si á esta paz, decía, siguiese la unión de las provincias al resto de la nación, sin las trabas forales que las separan y hacen casi un miembro muerto del reino, habría V. E. hecho una de aquellas grandes obras que no hemos visto desde el cardenal Cisneros al grande Felipe II. Estas épocas son las que se deben aprovechar para aumentar los fondos y la fuerza de la Monarquía. Las aduanas de Bilbao, de San Sebastián y de la frontera, serían unas fincas de las mejores del reino. Las contribuciones catastrales de las tres provincias, aún bajándolas mucho, pasarían de doscientas mil duros, Segun mis cálculos. Se puede creer que no bajarían de siete mil hombres las tropas que podríamos sacar de allí. Hay fundamentos legales para esta operación: ellos han faltado esencialmente á sus deberes; cuesta su recobro á la monarquía una parte de su territorio, y tenemos fuerzas suficientes sobre el terreno para que esto se verifique, sin disparar un tiro, ni haber quien se atreva á repugnarlo. Medítelo V. E.; no lo consulte con muchos (porque le correría riesgo), y cuente para todo con este amigo de corazón que desea sus aciertos y crédito. Conozco que la obra en el día será odiosa á las provincias; pero, viendo que entrarán á disfrutar libremente las Américas y á gozar de otros beneficios, sucederá lo que con Cataluña, al principio del siglo, que lloró la pérdida de sus privilegios, que desprecia hoy mismo, y ridiculizan sus propios escritores en el día. Yo en mi conciencia comprendo que la generalidad de la nobleza y gentes ricas de aquel país han abrazado de corazón á los franceses. Lea V. E. en apoyo de esto las copias de las cartas adjuntas, que son de las primeras gentes de Bilbao y Vitoria á sus parientes y amigos; y, como por todas partes los tengo yo, me las remite hoy uno bien advertido de Logroño, con la carta adjunta. Mañana espero más noticias de las provincias, y si merecen la pena, enviaré un correo á V. E. con ellas. Por la calidad, explicaciones y demás señales, conocerá V. E. que el confidente de allí es hombre de provecho y de toda mi seguridad. La carta escrita á Moncey no era de uno solo, Segun la variedad de las firmas que contenía, aunque todo podía figurarlo uno solo. Sin embargo, bueno ha sido saberlo y cortarlo con tiempo." Pocos días después (en 18 de Setiembre) escribió de nuevo Zamora á Godoy desde Pamplona lo siguiente: "Doy á V. E. gracias por el caso que ha hecho de mi recomendación á favor de Barrera, y crea V. E. que además de sus servicios ordinarios fueron muy estimables los que hizo cuando en esta ciudad no había en mi juicio otro afecto al rey que él. Se expuso á mucho, y así es acreedor á su alta protección. Estoy bastante aliviado, y el correo que viene contestaré á V. E. sobre mi viaje, porque me duele mucho que dejemos de acabar la visita política por una pequeña parte que queda. Acabemos esta obra que sólo el concluirla hará honor á V. E." A una y otra de ambas cartas de Zamora contestó Godoy con suma reserva y circunspección, como reza la minuta que de su puño y letra, lo mismo que todas, aparecen en el expediente. "Si sus males (decía) permitiesen que V. S. finalice la vía política, me será muy del caso, pues antes de ocho meses podré necesitar todas las noticias que haya producido su inspección; pero no se acelere y véngase á curar, pues en otro tiempo más pacífico se espurgará ese rincón que falta." A esto se reduce en sustancia las noticias que el expediente contiene tocante á aquel importantísimo asunto. No se vuelve ya á hablar de las faltas indudables del ejército: la conducta de las provincias vascongadas que, lejos de evitar ó remediar, había facilitado y acrecentado en gran manera los desastres, preocupaba ya exclusivamente al valido. No estaba Godoy, cuando recibió las cartas de Zamora, falto de recelos y quejas de las provincias vascongadas. Aquellas cartas no hicieron más que apartar su cólera del ejército para fijarla sobre los naturales de las provincias. Aparte del expediente de que he hablado, tengo á la vista copias de otros documentos que prueban los recelos y quejas de Godoy. Fundado en la indolencia demostrada por el país, ordenó Godoy en 3 de Noviembre de 1794, que fuese por corregidor á Alava, donde hasta allí no lo había habido, D. Pedro Florez Manzano, del Consejo de Castilla, cosa que el diputado general de la provincia no se atrevió á impugnar resueltamente [Documentos curiosos procedentes de la imprenta que sirvió al rey intruso en Vitoria, y que vinieron á parar, por compra, á la llamada hoy de Mantelí. Colección formada por un amigo mío, que ha tenido la bondad de facilitármela.] Dos cartas de Godoy, al marqués de Rubí, que mandó un cuerpo de tropas en Guipúzcoa y Alava, y que por azar cayeron en manos de los franceses y de los naturales apegados á ellos, muestran también cuáles eran en Setiembre y Octubre de 1794 sus ideas sobre el estado de aquellas provincias. "Es verdad (dice en una) que los vizcaínos rehusan el servicio, y que tal vez se valdría de ese resorte algún partido faccioso que haya en el señorío; pero como la menor alteración de nuestro sistema influiría tanto en el éxito de la campaña, parece conveniente que se halague al país, sacando el partido posible en su situación. Los de Alava me noticiaron el frenesí de sus fueros, y prevenían funestas consecuencias si no mediase alguna composición; escribí asegurándoles la existencia de los fueros, sin perjudicarles el servicio que, unidos con los alaveses, hicieran los vizcaínos. Su respuesta podrá abrirnos camino y entretanto conviene el disimulo." "Conviene (añade en otra) dejar á un lado las desavenencias para tratar de ellas cuando no embaracen los disposiciones de la guerra." En todo lo cual parecía anticiparse con recato el valido á las intenciones del mismo Zamora."





Revolución francesa: Guerra de la Convención (1793-1795) en Gipuzkoa
La revolución francesa estalla en 1789 y llevará al rey Luis XVI a la guillotina. La vecindad de Guipúzcoa la sometió a diversas influencias políticas e ideológicas, pero los excesos de la Revolución en la vecina Laburdi y las experiencias del clero emigrado acogido en Guipúzcoa colocaron a los guipuzcoanos frente a los revolucionarios. Dadas las complicaciones internacionales provocadas por la ejecución del rey de Francia la paz se hacia imposible. Así es que, declarada la guerra por la Convención francesa el día 7 de mayo de 1793, fue invadida Guipúzcoa (agosto 1794) por los convencionales armando la provincia 4.600 hombres bajo el mando del Marqués de Santa Cruz. La Diputación de Guipúzcoa, reunida en Guetaria, después de haberse rendido a los franceses San Sebastián, celebró con ellos un tratado de paz bajo la condición de que serian respetados la religión católica, los fueros, costumbres y propiedades; que los guipuzcoanos no se verían obligados a tomar las armas y que el pueblo francés respondiera de ese armisticio. Las Juntas de Guetaria entraron en negociaciones con los franceses y, no obstante, los franceses Pinet y Cavaignac tomaron presos a los diputados y los llevaron a Bayona porque no se sometían lisa y llanamente a la Convención. La unión a Francia la protagonizaba el guipuzcoano Fernando de Echave. La prisión de los diputados excitó los ánimos de los guipuzcoanos. La guillotina se alzó en San Sebastián. Todavía quedaban dieciocho pueblos guipuzcoanos fuera de la invasión y ajenos a las negociaciones de Guetaria. A ello fue debido que tuvieran tiempo para organizar una resistencia. La Junta, formada con representantes de esos pueblos, reunida en Mondragón reprobó los acuerdos de la de Guetaria y nombró nueva Diputación. La paz de Basilea (22 julio 1795) interrumpió el estado de guerra pero la actitud de las diversas fracciones de la población ocupada frente al ocupante fue decisiva en los años sucesivos contribuyendo a configurar el mapa liberal-carlista de los años venideros.

Fuente: (Enciclopedia Auñamedi en página web de Euskomedia)