Primer capítulo La ría de los afrancesados





Aquel día de junio amaneció especialmente oscuro. El aire era muy húmedo y los nubarrones negros que atravesaban velozmente el cielo tenebroso traían consigo una temible amenaza.
El anciano fray Bartolomé, asomado al ventanuco de la espaciosa y bellísima capilla mayor del convento de San Francisco, decorada con hornacinas de talla gótica, observaba frente a él la Puerta de Santa María, que daba entrada a la villa de Bilbao y que aquel amanecer estaba extrañamente solitaria.
Las calles estaban vacías, cuando en una jornada cualquiera, a esa misma hora, llegaban los aldeanos procedentes de las caserías de la anteiglesia de Abando con las mulas cargadas de hortalizas, huevos, pollos y mercancías de todo tipo para vender en la plaza del mercado.
El fraile no podía apartar la vista de las aguas turbulentas que bajaban por la ría y golpeaban los muelles con una violencia que él ya había conocido treinta y ocho años antes, cuando en una ocasión como aquella, en la que había estado diluviando sin parar durante una semana entera, las aguas se salieron del cauce y arrasaron con todo. Recordó cómo el recién construido puente, que había costado al convento la desorbitada cantidad de treinta y cinco mil ducados, se vino abajo de repente con enorme estrépito. A pesar de no haber arrastrado a nadie en su caída, los vecinos de la villa culparon a los frailes de haber provocado el aguaduchu.
Fray Bartolomé, que en aquel entonces era joven, fue uno de los religiosos que sufrió las consecuencias del descenso de feligreses y de limosnas que supuso la construcción del segundo puente de la villa. Con el paso de los años, comprendía que aquella edificación había sido algo más que una cabezonada de los frailes para aumentar sus ingresos.
Hacía ya más de doscientos años que disponían del permiso real necesario para construir sobre la ría un paso de un solo ojo, algo que, en opinión del maestro cantero, era imposible. Una vez convencidos los franciscanos de que debían construir un puente con dos arcos y cepa en medio de la ría, se encontraron con la reticencia de los villanos, que sabían que una obra así aumentaría el riesgo de inundaciones. Este asunto había impedido a lo largo de dos siglos que la villa tuviese un segundo acceso a la otra orilla.
Aunque ahora no hubiese puente al que echarle la culpa, la situación resultaba igualmente alarmante, ya que la ría parecía a punto de rebosar, la marea estaba aún por subir y a mediodía se esperaba la pleamar.
Poco a poco, sin previa llamada, los frailes, preocupados por la situación, se fueron concentrando en la capilla. Para aliviar la tensión que se palpaba en el ambiente, fray Luis de Frúniz, el franciscano más joven de la comunidad, entonó en voz baja un salmo al que fueron sumándose todos y cada uno de los presentes, hasta que el sonido de la lluvia quedó anulado por el magnífico coro de voces masculinas, bien templadas y acostumbradas a cantar en las misas solemnes...
Miserére mei, Deus, secúndum misericórdiam tuam.
Et secúndum multitúdinem miseratiónum tuárum dele iniquitátem meam.
Amplius lava me ab iniquitáte mea et a peccáto meo munda me
.
Quóniam iniquitátem meam ego cognósco: et peccátum meum contra me est semper.
Tibi, tibi soli peccávi, et malum coram te feci, ut iustus inveniáris in senténtia tua et equus in iudício tuo...
En el ambiente oscuro de la capilla mayor, iluminada apenas por dos velones, aquellos hombres cantaron con emoción para contener el miedo, impregnados de una devoción ciega, aromatizada con olor a incienso y humedad, mientras afuera el nivel del agua seguía subiendo y las olas, cada vez más encrespadas, se llevaban por delante lo que encontraban. La solemnidad que adquirió el momento, entre aquellos muros centenarios, hubiera hecho pensar a quien lo viese en el preludio del juicio final, representado en el altar mayor.
Siguieron rezando, algunos con la mirada fija en el bordado que representaba el descendimiento de Cristo de la cruz, el cual se sacaba todos los años en la procesión de Viernes Santo, hasta que fray Patxi, el portero del convento, entró a avisarles, notablemente alarmado, de que las aguas ya habían inundado la otra orilla de la ría, rompiendo puertas y arrastrando carros, animales y personas.
-Una mujer pedía auxilio a gritos, hasta que el agua se la ha llevado consigo  -exclamó el fraile, santiguándose, con el temor asomado a los ojos.
-¡Debemos poner a salvo el sagrario y los cálices, y luego coger todas las viandas que quepan en un cesto, mantas, velas... y subir a la torre! Es posible que tengamos que pasar allí todo el día de hoy y también la noche, porque a las ocho volverá a subir la marea. Debemos abrigarnos bien y encomendarnos a Dios para que nos ayude -dijo el prior.
-Pero, padre, somos ochenta en la congregación. ¡No hay sitio para todos ahí arriba! –replicó asustado fray Domingo de Atxuri.
-Cierto. Creo que al menos la mitad debemos quedarnos en el comedor, que está un poco más alto que la capilla. Allí estaremos a salvo, si Dios quiere -contestó el prior, haciendo acopio de toda su capacidad organizativa.
Al unísono se oyeron varias voces: “¡Yo me quedo!”, “¡yo también!, “¡y yo!”...
Quedaron casi la mitad de los frailes y el prior, mientras el resto de la comunidad se apresuraba a realizar los preparativos necesarios para pasar un día y una noche, que prometía ser muy larga, en la magnífica torre del convento real de San Francisco, donde azotaba la lluvia y el viento, pero donde podrían estar a salvo, con la ayuda de Dios y de San Francisco de Asís, patrón de la orden.
En la otra orilla, las cosas eran bien distintas. Al amanecer se había dado la voz de alarma por toda la ciudad y las campanas de las iglesias y conventos habían repicado sin cesar para advertir a la población del peligro que corría. A pesar de ello, algunos vecinos hicieron caso omiso de la advertencia y salieron a recoger los animales, las sacas de lana que se apilaban junto a las casas y otras mercancías y materiales, en un intento de poner todo lo posible a salvo de las corrientes tempestuosas que sobrevenían.
Así fue como las aguas bravas sorprendieron a Jexuxa Armendáriz en su panadería, cuando cargaba a hombros varios sacos de harina para subirlos a la vivienda. La hornera, horrorizada, intentó asirse a puertas, muebles y a lo que fuera, pero se vio arrollada con tal violencia que nada pudo hacer para salvar su vida.
En el otro extremo de la villa, en el arrabal de San Nicolás, la riada también cogió desprevenido a don José Urquiza. El sastre, de fama merecida entre los comerciantes ricos y gente ilustre de Bilbao, por el gusto exquisito que tenía para confeccionar trajes de moda afrancesada, disponía de un taller grande, en el que trabajaban tres mancebos y dos costureras, en la planta baja de una casa de dos alturas bastante vieja y deteriorada.
Por aquellas fechas, dos meses antes de la Navidad, don José solía recibir telas de importación transportadas hasta Bilbao en los buques que atracaban en el puerto. Eran paños de lino, lienzos, sedas y tafetanes con los que confeccionaba los novedosos trajes de caballero que le habían dado fama, una vez que habían sido cortados con esmero y cosidos por los especialistas que trabajaban para él. En aquella ocasión, también había recibido de Valencia tejidos bordados con oro, plata y piedras preciosas, destinados a convertirse en elegantes casacas de fiesta.
Cuando comenzaron a sonar las campanas para avisar del riesgo al vecindario, se encontraba el sastre en su taller, haciendo recuento de los metros recibidos y calculando los que iba a necesitar de cada tejido para cortar los patrones de las futuras camisas, casacas, chupas o calzones que le habían sido encargados en las últimas semanas por los principales de la ciudad.
Don José era un hombre bondadoso, amable con todo el mundo y, sobre todo, tranquilo. Un hombre que, antes de adoptar cualquier decisión, se tomaba su tiempo, para sopesar ventajas e inconvenientes, poco dado a cambios de ritmo bruscos y, en realidad, incapaz de reaccionar con rapidez ante un suceso inesperado. Había entrado en la edad madura, tenía ya las sienes plateadas y era un poco obeso, debido a su afición al buen comer y a la vida sedentaria que llevaba, lo que su reciente viudedad había agravado.
Don José había contraído matrimonio con una bella mujer de origen italiano, veinticinco años más joven que él, y que había fallecido al dar a luz, apenas hacía unos meses. Desde entonces, el sastre apenas salía de su taller para acudir a misa a la iglesia de Santiago, los domingos y fiestas de guardar.
Aquella mañana, el atareado sastre se sorprendió de que también sonasen las campanas del convento de San Agustín, el excelso edificio de arquitectura regia, erigido en un terreno alto, donde la ría dibujaba una gran curva, y situado a poca distancia de su taller.
“Debe de ocurrir algo muy serio”, pensó, y encargó a Tomás, uno de los mancebos, que se enterase de lo que estaba pasando y, en caso de ser necesario, avisase a la nodriza de su pequeña hija para que llevase a la niña al cercano convento.
Como la sirvienta no contestaba, el mancebo, muy asustado, regresó corriendo al almacén... 
-¡No hay nadie en la casa, señor, y en la calle da miedo ver la ría! ¡El agua sube por momentos y hace muchos remolinos! ¡Lo arrastra todo! ¡Tenemos que salir de aquí ahora mismo o nos ahogaremos! -gritó horrorizado.
Don José, que sabía conservar la calma como nadie, se colocó la peluca que había dejado colgando de un clavo que había en la pared y se dispuso a ir en persona a buscar a su hija. Llamó varias veces a la puerta, dando fuertes aldabonazos, hasta que la sirvienta-nodriza abrió atemorizada.
-¿Qué pasa, señor? Estaba dando de mamar a la niña. ¡Ené! -preguntó la mujer, que no comprendía el motivo de tanto alboroto y tanta prisa.
-Hay que salir rápido de aquí, Bixenta. La ría se está desbordando y hay que ponerse a salvo. Yo llevaré a la niña hasta San Agustín, aún hay tiempo. Usted recoja lo que pueda... el cofre que hay encima de la alacena, algo de abrigo... no sé, lo que crea conveniente. Y corra al convento. ¡Vamos! –gritó, por fin, el sastre, mientras metía al bebé en una cesta-capazo con asas. Lo abrigó bien para que no se enfriase y salió corriendo en dirección a San Agustín.
Avanzar en aquellas condiciones no era fácil. El nivel del agua le alcanzaba la espinilla, pero los torbellinos turbios, color chocolate, le llegaron en algunos momentos hasta la cintura. El convento no quedaba ya lejos, pero el hombre, poco acostumbrado al esfuerzo físico, jadeaba agotado. Cuando estaba a punto de perder las fuerzas, dejó el capazo en una pequeña repisa elevada que sobresalía del muro que rodeaba el edificio. Apenas un instante después, el agua arrastró violentamente a don José, quien, entre alaridos de espanto, comenzó a manotear para luchar contra la corriente, que, en pocos segundos y antes de que el sastre fuese consciente de que aquello era el final, lo fue engullendo, mientras él, aterrorizado, veía cada vez más lejos el pequeño cesto apoyado sobre el muro. La angustia al comprobar que su hijita quedaba abandonada en aquel lugar lo invadió por completo, pero, en cuanto empezó a perder pie, el pánico lo llevó a concentrarse exclusivamente en su propia respiración, en el agua que le entraba por la nariz y por la boca, llenándole los pulmones, y en el frío intenso de su cuerpo. Pasado un rato, cesó el ruido del agua y, durante unos instantes, que le parecieron tan interminables como la eternidad, ya sólo sintió el latido desesperado de su corazón, intentando defenderse de la falta de aire, y la sangre concentrada en sus sienes palpitantes. Tras varias convulsiones, en un último instante de lucidez, se sintió agua, principio y fin de todo su ser.